Pero qué desastre, qué falta de ritmo, qué torpe todo. En el tiempo que me ha llevado acertar con la contraseña para acceder al blog, que los vecinos desconectaran su wifi e ir a encender la mía, se ha evaporado buena parte del impulso que me había traído hasta aquí, para escribiros sin ton ni son ni probablemente lectores.

Ejem. Sí, sí, soy yo. Estoy aquí y hace la tira de meses que no me confieso no posteo. Desde entonces he hecho una exposición fotográfica, he medio ganado un medio concurso, me han hecho entrevistas que he mantenido en secreto, he vuelto al cole a estudiar sin saber muy bien cómo ni por cuánto tiempo, me he comprado el Kindle que mi padrino y hermano me financió por la pegarata (al menos así lo llamamos aquí), he leído A Dance with Dragons, pasado buenos y malos ratos, visto ninguna serie en condiciones y muy recientemente disfrutado como una enana de esa novela rosa adolescente disfrazada de ciencia ficción que ha resultado ser Los Juegos del Hambre, un historia que llevan años recomendándome. Desde entonces he terminado dos, ¡dos!, videojuegos, lo que para otros debe sonar a chiste pero a mí me enorgullece por haber sido capaz de comprometerme con ellos. Me han hecho dos preciosos, únicos, insuperables regalos que aquí mantendré en secreto, sigo sin saber cocinar y es muy probable que me haya ocurrido alguna otra cosa importante que ahora mismo no recuerdo.

¿Qué tal voy? ¿Se parece esto en algo a un post?

Por motivos diversos este es uno de esos pocos días en los que como sola entre mis paredes, acompañada por los amortiguados ruidos del mundo exterior (la tele me aturde y casi nunca me acuerdo de escuchar música cuando estoy en casa). Hace un frío de los que se te meten dolorosamente por la espalda pero te mantienen despiertas las mejillas y el cerebro. La luz fuera es difusa por la bruma, que otorga más consistencia a los rayos del sol. Y como casi a todas horas, lo primero y lo segundo que pienso es en atraparlos en formato rectangular, incidiendo sobre la piel, la figura o el pelo de alguna de las personas a las que me gusta mirar. En unos minutos saldré de casa con ese objetivo en mente y la cámara colgando del hombro, pero mi cita de hoy tiene una extraña habilidad para que me rinda y no le saque ninguna foto para que no lo pase mal, justo cuando pensaba que ya era inmune a esa incomodidad de los demás frente al objetivo. Con lo bonita que está la gente cuando les cazas en una sonrisa espontánea, ¿a qué viene tanto pudor?

Hablando de pudor, ahora tengo una especie de diario fotográfico. Es chiquitín y de pocas palabras, como era de esperar :)

(Por algún motivo, siempre tengo que salir corriendo cuando decido postear.)

Advertisement