Es una de estas tonterías que tengo yo, como vosotros tenéis las vuestras, pero a mí el verano solo me huele a tal desde mi habitación, con la ventana abierta, el cielo azul y una canción juvenil de las que se piensan que pueden vencerlo todo. Durante los años en que leía fanfiction sin hacer más que los descansos necesarios para comer, también estos me hacían sentir verano. Sin embargo y no me preguntéis por qué (aunque procuraré explicarlo, que de alguna forma me tengo que entretener), el verano desde fuera de la ventana me sabe a muchas cosas, pero nunca a, pues eso, a verano.

Me sabe a contento sin motivo cuando el sol está alto pero no molesta y vestir una camiseta o una chaqueta ligera es cómodo y perfecto, la ausencia casi absoluta de temperaturas extremas que es una de mis cosas favoritísimas de Asturias (ya volveré a esto otro día).

Me sabe a felicidad de videoclip cuando estoy en algún sitio precioso, que tengo muchos alrededor, y la brisa revuelve un poco las faldas pero no te mete el frío por el cuello de la camiseta y girar la cabeza y ver a quién, o quienes, te acompañan, solo te da ganas de sonreír con todos los dientes y repartir abrazos, ridículamente contenta.

Me sabe a tranquilidad cuando vuelvo a casa en coche sola, escuchando algo agradable, por esa autovía recta y larga que sería aburrida si no tuviera un paraíso alrededor. (Porque en serio, he descubierto que esa carretera, en un coche, sola, sin prisas, es una tila alpina de lo más efectiva para mí.)

Me sabe a angustia de vivir cuando el calor se vuelve asfixiante y la ausencia de todo movimiento es capaz de provocarte sudor en todas partes, en las piernas por ejemplo, que es una cosa que no comprendo ni acepto. Que te provoca calenturas alrededor de toda la boca (que no es malo del todo porque de lejos casi disimula que no tienes labios). Que te deja atontada mirando el techo desde el suelo, tirada con los brazos en cruz y ganas de que acaben con tu sufrimiento.

Pero no me sabe a verano. A eso solo me sabe estar aquí, sentada, escuchando algún coche pasar, la brisa, los aleteos de los bichitos alados y esa sensación de adolescencia exultante que lo tiene todo por delante. Qué se yo, tal vez hace diez años pasara la mitad del verano en casa, y no lo recuerdo. Tal vez un momento similar a este, durante las horas más tranquilas del día y precediendo a una tarde larga, decidiera grabarse en mi memoria emocional de la pura alegría de no tener que estudiar ni hacer deberes y tener por delante una conversación tontaina con alguna amiga, en algún banco donde no hacer nada.

Es una cosa tontísima, ya os lo he advertido. Pero es también uno de los pocos momentos en los que casi juraría que me gusta el verano.

:)

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