Os diré lo que voy a hacer: colgaré este tupido velo, el más grueso que he podido adquirir en mi tienda imaginaria de metáforas baratas, y lo correré por encima de las entradas anteriores. De esta forma nadie notará que he vuelto a pecar contra el primer mandamiento del decálogo del buen blogger (publicar) y mi honor sobrevivirá impune a este largo traspié. Vosotros también tendréis que ayudarme: fingiréis que no os sorprende volver a pasar por aquí, que el té pakistaní está tan delicioso como siempre y que las pastas no se han ablandado desde vuestra última visita (es que a ver, ¡se suponía que os las teníais que comer todas! ¡No esperaréis que compre otras!). Juntos (vosotros tres y aquel del fondo) y yo, haremos como que ya os he contado aquello de esas mis primeras oposiciones a las que dediqué un par de meses raros y diferentes, y que al final y como era de prever, ganaron los que jugaban en casa. Haremos también como que os he contado un montón de anecdotillas entre graciosas e insustanciales, probablemente con mucho melodrama de por medio, y pasaremos por alto las entradas lloricas, atestadas de inseguridad, donde os hubiera hablado de mis resquemores respecto a mis últimas fotografías, que por prisas y falta de planificación no son exactamente lo que andaba buscando.

Haremos así hasta llegar al único de mis últimos acontecimientos del que os hablaré un poquito: mi más reciente periplo viajil a tierras de volcanes y carreteras imposibles (haced clic en mi nuevo y reluciente diario fotográfico. A excepción de la última foto, todas fueron tomadas allí con mi móvil listo :).

¿Es Marte o algún otro planeta mágico? ¡No! ¡Es Tenerife y mola mucho más de lo que su nombre daba a entender!

En serio en serio DE VERDAD que si no fuera por lo descortés de plantar en vuestros monitores un post de tamaño gozzilla tras tantos meses de escurrirme entre las sombras, os contaría paso por paso todas las desventuras del avión lleno de macarras y gritos y guardias civiles subsiguientes, de maletas de cabina facturadas a veinte metros del avión y perdidas por Ryanair, de mediodías y tardes bajo el sol enemigo de Tenerife Sur arrastrando el alma y los pies en busca del coche de alquiler perdido y demás relatos de medianoche que exigirían, también, de muchos más aspavientos de los que podría hacer aquí, incluso si me fotografiara unas cuantas veces moviendo los brazos e hiciera un gif con el que ponerme de moda en cualquier situación donde hiciera falta drama. (Sé que os ha gustado la idea pero no tanto como a mí.) Pero eso no puede ser (porque ante todo y siempre que lo recuerdo, procuro ser una chica cortés), y de todos modos, me apetece hablar más algunos de los muchos buenos momentos con los que recompensó el destino las aventuras del comienzo del periplo:

- Mi primera vez bajo las aguas, con un poco de neopreno y una pesada bombona de aire. El agua estaba turbia y había que acercar mucho la nariz al fondo para ver los peces de colores, pero hundirme siempre se me ha dado bien (¿será por mis esmirriados pulmones? Mis dos acompañantes tenían más problemas con eso) y luché con enclenque valentía contra el peso del desajustado chaleco de la bombona, un poco demasiado grande y bamboleante. Hice algunas fotos con una cámara sumergible de usar y tirar en la que probablemente no haya más de tres fotografías con contenido (lo sabremos cuando termine el carrete) y buceé de la mano de mi consorte, entusiasmados los dos con nuestra diminuta aventura marina a treinta metros de la orilla del mar.

-Conocí a una persona encantadora (vieja amiga de mi otra acompañante y patrocinadora de todas nuestras visitas a animales en la isla) y a todo un personaje. Veréis: yo iba con toda la idea de bucear en Tenerife, sin tener ni idea de lo caro que era ni del tiempo que podía llevar un cursillo suficientemente largo como para que algún monitor estuviera dispuesto a permitirte bucear en alta mar. Se lo comentamos a dicha Persona Encantadora (dicharachera y despierta y juvenil y, en fin, muy guay), que resultó tener por marido a dicho Personaje, cocinero y monitor de buceo. Nos prepararon una primera cita con él en menos que erupciona un volcán y al día siguiente, un cubano gordo y canoso nos fue a buscar a primera hora a nuestro muy humilde apartahotel en un coche viejo y destartalado en el que le escuché, atontada de fascinación, hablar sobre lugares exóticos, viajes a todas partes, misiones militares, perros salvajes y otras cosas que viven algunos cocineros que no trabajan en un restaurante. Durante aquella mañana, el viaje, el agua y el almuerzo, le catalogué de Sabio y lo publiqué en ¿twitter, creo?, toda contenta.

Hicimos una breve parada en una tienda de alquiler de trajes de buceo y volvimos al coche, en dirección a una incomodísima playa llena de piedras (no vayáis a Tenerife si os apetecen playas. No lo hagáis). El primero fue Consorte, con el traje y las gafas y todo lo demás; el primero en bautizarse, como lo llaman. Yo les seguí en bikini, con la cámara sumergible en una mano y en la otra la envidia por el traje de neopreno, porque todas las aguas son frías si no te dan opción a grifo de agua muy caliente. Días después me llegó el rumor de que al verme tan pequeña (según sus generosas proporciones) y tan blanca y encogida, Personaje pensó que no iba a disfrutar en absoluto de mi bautizo, pero cambió de opinión rápidamente :D

-¡Vi ballenas! Y me contuve de llorar como pude, de lo emocionante que era verlas todas, ¡tantas!, flotando plácidamente con sus ballenitas hijas a un costado y el Peter Pan, nuestro velero, al otro.

-¡Vi águilas! Entre otros muchos animales, pero es que ningún otro rasgaba el aire con esa velocidad, esa determinación mortal que lo mismo habría podido arrancar la cabeza del valiente que las llamaba que sujetarse a su brazo como hacían, sin el más mínimo titubeo.

-Los chapuzones nocturnos en la piscina de nuestro (¿lo he dicho ya?) muy humilde apartahotel. Todos los chapuzones en aquella piscina brillaron con mi empalagosa felicidad, pero los nocturnos fueron ya la repanocha :)))

-Los isleños encantadores que ofrecían su ayuda antes de que pensaras en pedirla, y que recomendaban restaurantes como La Duquesa, en La Orotava, que ahora yo os recomiendo a vosotros.

-Una de esas cosas que te dicen y que son bonitas siempre, sea quien sea quien las pronuncie, pero más bonitas aún cuando las dice alguien a quien admiras: la mañana del último día en la isla, nos despedimos de nuestros isleños particulares entre conversación animada, sombrillas y gazpachos. Apurada la hora hasta el último momento, nos levantamos y repartimos los habituales besos y menos habituales abrazos y Personaje, haciendo un pequeño paréntesis entre las despedidas, me dijo con ese acento raro, entre cubano y canario, algo así como (qué vergüenza repetirlo, aquí dándome aires): “tienes algo especial, ¿te lo han dicho alguna vez? Alrededor. Nosotros decimos “bigger than life”", mientras movía las manos en el aire como rodeando mi silueta. Me dura la tontería hasta hoy, ya veis :D

Y me he dejado lo mejor para el final. Lo más indescriptible de todos las cosas que me apetecía compartir: Tenerife tiene muchas caras, casi todas preciosas. Los desiertos del sur, los bosques del norte, los barrancos y los precipicios y las montañas que arrugan toda la isla y convierten todas sus carreteras en una jodida misión suicida. El Teide, espectacularmente bello, con sus rocas de colores y texturas únicas y las ganas de perderse en dirección a la cima y tirarle un anillo dentro. Los paisajes de robarte el aliento y no volver a devolvértelo nunca (también puede que influya lo de las bajas presiones y la falta de oxígeno). Uno de mis lugares favoritos fue el de la foto de allá arriba: lo encontramos de camino a no recuerdo dónde (de todos modos hay una sola carretera que cruza el parque natural del Teide así es difícil perderte). Apenas unos pocos arbustos y algunos cactus punteaban aquí y allá un horizonte árido, anaranjado, plano salvo por las rocas que se amontonaban en algunas zonas. Caminando un poco y apretándote bien la chaqueta contra el pecho y contra el viento, la explanada desembocaba en un nuevo barranco que, en serio, no sé cómo explicar aquello: era un hueco enorme, inabarcable, al que no le recuerdo fin ni a derechas ni a izquierdas y con un nuevo surtido de montañas marcianas al fondo. Parecía aquello el Gran Cañón, si eso sirve como referencia :’)

(Por supuesto, las desventuras os habrían hecho reír muchísimo a mi costa, y aquí solo os doy opción a querer terminar con la agonía de otras vacaciones más en vuestro lector de rss. ¿Pero y con qué excusa habría publicado esa foto que me gusta tanto o habría alardeado de ese cumplido que me pone tan contenta? Y eso que mi pretensión era resultar cortés D:)

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