Hablaba el otro día con un par de amigos sobre un o una artista (qué malo es el español para el anonimato) que ha convertido su vida en internet en un pequeño gran imperio de la autopromoción. Siempre me siento un poco burlada cuando un pequeño reducto de la red distancia unas de otras sus actualizaciones hasta que las deja morir en su cabeza, o peor, se las guarda para otros usos más razonables y menos románticos. Usos que resultarán sin duda más productivos (y mejor pagados) pero también menos libres, más cercanos a un animalito domado que a una criatura libre y un poco salvaje, suelta por la jungla de la red.

Hablábamos sobre cómo retirar los contenidos que antes ofrecías con generosidad y que atraían las miradas hacia ti (textos, ilustraciones, fotografías) para sustituirlos por una publicidad intensiva con la que buscar dinero a cambio de tus bienes, no deja de resultar comprensible, sí, pero también frío. Me resulta más generoso mostrar tu escritura libremente además de venderla en un formato más complejo, en vez de sustituir una cosa por la otra. Me sabe más honorable mostrar tus fotografías además de venderlas en un libro o en láminas con más calidad de imagen, donde puedan apreciarse con más delicadeza y realismo para quienes las encuentren interesantes. Y me pinta más inteligente recordar siempre, en un lugar donde pueda verse, lo bueno que eres con el lápiz, en vez de limitarte a enlazar formatos de pago donde poder averiguarlo.

A mí manera, y en esto de tener un blog, también me cuesta ser generosa. No sigo muchos diarios pero hay algunos que me es difícil compartir, de tan bonitos, tan delicados que son. Cuando comparto uno tengo la sensación de estar haciendo un regalo y revelando un secreto, desmereciendo así un poco de su brillo. Y como esto es una soberana tontería, me he propuesto ponerle fin.

Con, por ejemplo, César Mallorquí y su Fraternidad de Babel, uno de mis más preciados tesoros dentro del caprichoso caos que gobierna mi lector de rss. Un superviviente perpetuo que no ha descendido de su podio ni una sola vez desde que lo descubriera, gracias a Fer, en aquellos meses en que publicaba poco a poco su método y planificación a la hora de escribir.

Sí, lo sé; es probable que casi todos me hayáis oído hablar de él, y no es el suyo uno de los blogs delicados y secretos que he mencionado, pero las curas comienzan despacio.

César Mallorquí obsequia al mundo con un blog generoso, sincero y, la mayor parte del tiempo, divertido. Avisa sobre sus publicaciones cuando una de sus novelas ve la luz, pero nunca se limita a la publicidad rápida y aburrida, sino que hace de la misma publicidad un texto ameno e interesante, su especialidad. Escribe sobre sus viajes, sobre su vida, sobre las películas que le gustan o le disgustan, los escritores que se mueren y echa en falta… En definitiva, sobre lo que le da la gana, como un buen blog de los de toda la vida, y como uno bueno además. Lo hace siempre con paciencia y entrega, con esa clase de textos largos y esmerados que te acompañan un rato y que apetece acompañar con un té recién hecho, para disfrutar más su buena conversación. Alguna que otra vez me ha roto el corazón, como aquella en la que escupió serpientes sobre The Dark Knight y mi universo se tambaleó mientras intentaba comprender cómo César podía estar equivocado si siempre tenía razón.

Ahora, lleva unas semanas narrándonos la vida de su hermano. Lo hace con esfuerzo y con honestidad, con una honestidad a ratos difícil para el lector, y sólo puedo imaginar que aún más difícil para el que lo escribe.

Llamadme ingenua, pero ese es la clase de blog que publicita a un escritor: el que te mueres de ganas por volver a leer.

Más tesoros próximamente. Ahora, ¡regaladme vosotros algo! :)

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