Cómo decirte, cómo contarte
Abril 20, 2008, 6:31 pm
Archivado en: yo mi me conmigo

Hay una larga lista de temas con los que prefiero no soñar. Entre ellos destacan mi vida personal, mi familia, mis amigos, mis conocidos, los que conozco pero no llegan a conocidos, las persecuciones e intentos de asesinato, abusos, japonesas muertas vengativas y, acertáis, también todo lo demás.

Ocurrió un par de veces, a lo mejor cinco, estirando las posibilidades puede que incluso diez, que soñé algo agradable o entretenido. De alguna de ellas no quería despertar y de otras, una vez despierta, insatisfecha con el final, tuve que finiquitar la historia en mi cabeza, para terminar de cargarme a los vampiros que había dejado a medio matar, hacer buenas migas con el héroe de turno o disfrutar de mi final feliz tras sobrevivir al ataque de una araña muy gigante y de sus hijas alien.

Dos, a lo mejor cinco y estirándolo, puede que diez en veinticuatro años. Y tal vez exagero pero creo que entendéis por dónde van los tiros y si me gusta o disgusta soñar.

Por otra parte, yo no veo películas gore. Ignoro si los fans del género carecen de sensibilidad y empatía como los de terror carecen de nervios o yo, especial donde las haya, sufro de sobresaturación de todo lo mencionado y por eso sigo viendo japoneses malditos desde El Grito y la única vez que intenté ver algo gore casi todas las féminas allí reunidas acabamos gritando y tapándonos los ojos mientras yo intentaba cerrar el Windows Media Player a ciegas y la única insensible y desnerviada de nosotras (personalmente me parece un poco inquietante que alguien pueda ver como le clavan agujas bajo las uñas a otra persona sin pestañear) nos decía, “Pero si no se ve nada. …Ah, vale, ahora sí.”

Os preguntaréis qué tiene que ver el gore con mis sueños y voilà, uno más uno, dos, ya habéis adivinado la respuesta.

No voy a pensar mucho en ello, no lo suficiente como para narrarlo todo o intentar hacerlo en orden, pero baste decir que aquello era un baño de sangre que comenzó en una prisión, continuó en un edificio y acabó convirtiéndose en mi salón. La embarazada había perdido el juicio y asesinaba a gritos, pura rabia animal, desgajando a la gente en rodajas con sus uñas, no especialmente largas pero más largas de lo necesario (que sería una fina línea blanca y prístina más o menos bien recortada) y, por tanto, aterradoras. Al rato se había convertido en una niña y ya no estaba embarazada, pero seguía matando igual, con velocidad y sangre y saliva resbalando por las comisuras de su boca.

Cuando sólo quedaba yo (unos momentos espeluznantes mientras otro tío y la menda intentábamos salvarnos de la niña a la vez, que permanecía sentada en el suelo y parecía atraernos con la fuerza de su rabia), luché por escapar a la cocina, dónde estaban mis padres. Me cogió del brazo al tiempo que intentaba cerrar la puerta del pasillo y la cámara cambió de escena mientras aún pugnaba por librarme de su agarre.

En esa siguiente escena, yo estaba en la cocina y era yo, no una niña, y estaba sacando un cuchillo del cajón de la cubertería, preparada para salvar a mis padres y para morir matándola (no me cabía duda de que ocurriría eso si me acercaba a ella y efectivamente así sucedió, cuando la historia siguió relatándose en mi cabeza después de medio despertar, como atrapada aún en sus garras). No entiendo cómo entró la niña a la cocina porque yo sólo podía ver su espalda, ni sé si era la asesina o mi versión anterior, antes de volver a ser yo. Sé que mis padres estaban ocupados en sus cosas, entretenidos y algo ausentes y que yo, que sólo la veía de espaldas, sabía lo que vería (había visto esa intención en los ojos de la asesina, mientras luchaba por soltarme).

No quería que mis padres llevaran ese susto. Pensé que nunca lo superarían. Pensé que podría destrozarles, si era yo, o que podría darles un ataque, no sé, algo. De cualquier modo lo vieron. La niña se dio la vuelta y tenía cada pata de las gafas clavada en las cuencas de los ojos, con los globos oculares desparramándose alrededor. Creo que sonreía y ya sabéis que en los sueños, más que lo efectista de la escena, lo trascendental es la emoción que hueles en el ambiente, y allí la emoción era de terror puro, de música chirriante y lunática, de histeria colectiva y animal. Casi pude oir el “chán chán CHÁN” cuando se dio la vuelta y la vimos.

Solté el cuchillo. En ese momento sentí que la niña era inocente, que no iba a hacernos daño y poco podía hacer por resolver las cosas con un cuchillo.

Más tarde, una vez despierta, ya os lo he contado: volví a identificarla y decidí matarla.

En fin (y fin), subconsciente. Que si quieres contarme, decirme, explicarme algo, utiliza el método convencional. Envíame un e-mail, un link, un SMS o un mensaje de voz. No utilices mi imaginación.

(¿Pero la peor, la peor clase de sueño? No hay monstruos ni intentos de asesinato ni películas de terror. La peor clase de sueño es tan absurdamente simple, tan inocua a los ojos de quien no sea yo, que es difícil explicar cómo me roba la tranquilidad, me deja mal sabor de boca y me obliga a no darle vueltas ni importancia con el esfuerzo que otros queman en escalar el Everest. O al menos, la mitad del Everest.)



¿Y quién pensaba que esto iba a ser serio?
Abril 2, 2008, 3:59 pm
Archivado en: escribiendo para no escribir, yo mi me conmigo

Es el impulso de escribir esta entrada, u otra, o la de más allá, sin nada qué decir pero ganas de contar. Frustra, la picazón en los dedos que provocan las ganas de expandirte en todas las direcciones a la vez, haciendo imposible que te concentres en un camino y des más de dos pasos antes de saltar a otro. Es de suponer que este sea, también, el motivo de que me sienta más ligera (¿más cómoda?) escribiendo ficción (inventando) que escribiendoos aquí a vosotros, aunque aquí, a fin de cuentas, haya acabado. Aquí delante, por vencer en puntos las ganas de comunicarme que la ausencia de algo que comunicar.

O tal vez sea autocensura. Porque llega un momento en que te das cuenta de que, como en la foto, te apetece enseñarte pero sin mostrar nada, y así no se va a ninguna parte. Así ni siquiera se hacen buenas fotos, aunque no sea poco lo que se muestre cuando muestras que no quieres mostrar nada.