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Tento tanto sueño atrasado que podría subastarlo en Ebay entre ejecutivos de altos vuelos y hacerme millonaria.
Todo el sueño que tengo ahorrado.
Oro puro.
Tengo tanto sueño que sólo puedo hablar del sueño que tengo, que es profundo como el Atlántico, ancho como mi cintura y largo como un día sin pan. Es mi sueño al sueño lo que febrero al infierno, lo que la inanición al hambre y lo que Oberyn Martell a la sexycidad. Es mi sueño del color del vino tinto mezclado con un malva clarito y atractivo y un oscuro morado sangriento y una zona amarillenta y desvaída alrededor, del color de una ojera tan profunda que se vuelve moratón.
Tía, hay tan pocas posibilidades de que alguna vez vuelva a tener otro tema de conversación que estoy por postearlo porque seguramente no me he explicado pero es que EL SUEÑO ME CORROE.
Y tal. Eres bienvenida a devolverme a la vida y alejarme de tanta rima.
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Y las tormentas no se van. Se las acaba cogiendo cierto cariño incómodo, mezcla de costumbre y de la sensación de notar cómo se aligera el ambiente a tu alrededor, aliviando ese bochorno insufrible que se pega a las camisetas y resbala por la piel despacio, desagradable.
Llegan por la tarde. A la hora del té, como quien dice. Y no puede una evitar imaginarse bebiendo con cuidadosa elegancia de una tacita blanca con florecillas pintadas, la espalda recta, sillón de mimbre, mesita baja de mantel de pastelería y al fondo, o a unos metros, al otro lado de la protección del techo de una galería de cristal, todo rayos y truenos.
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La tormenta diaria (diaria he dicho) ha vuelto a apagar, reiniciar y bailar con mi ordenador sin complejos y sin permiso. Viene todos los días (diaria, he dicho) a vernos. Echa unos rayos, gruñe, se baba y, en general, molesta.
Ahora se ha ido (o está escondida). Tal vez sólo pretendía empujarme a estudiar, como si un par de rayos, unos cuantos truenos y el diluvio universal pudieran empujarme a mí (¡a mí!) a la responsabilidad.
Le diría que no sé estudiar, si supiera el idioma de las tormentas. Que tengo la capacidad de concentración de la mosca más estúpida de la historia, la que entró ayer en mi cocina y de la que mi hermano habló mal por lo bajini, mientras intentaba encaminarla hacia la ventana.
-Desde luego que hay moscas tontas -murmuraba-, pero ésta… -como sacudiendo la cabeza.
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-¡Hola! ¿Eres Cosa(1)?
-Sí.
-¿Cosa la de flamenco?
-…No.
-¿No eres Cosa la de flamenco?
-…No soy la de flamenco.
-¿Entonces qué Cosa eres?¿?¿?
-Pues soy una Cosa que no baila ningún tipo de flamenco.
-¡Vaya! Entonces perdona.
Y por favor, insertad en esa conversación telefónica el sonido de UNA GALLINA DE FONDO.
(1) Sustituir por mi nombre auténtico, que no es un secreto pero todavía me incomoda un poco poner aquí.
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Hay una larga lista de temas con los que prefiero no soñar. Entre ellos destacan mi vida personal, mi familia, mis amigos, mis conocidos, los que conozco pero no llegan a conocidos, las persecuciones e intentos de asesinato, abusos, japonesas muertas vengativas y, acertáis, también todo lo demás.
Ocurrió un par de veces, a lo mejor cinco, estirando las posibilidades puede que incluso diez, que soñé algo agradable o entretenido. De alguna de ellas no quería despertar y de otras, una vez despierta, insatisfecha con el final, tuve que finiquitar la historia en mi cabeza, para terminar de cargarme a los vampiros que había dejado a medio matar, hacer buenas migas con el héroe de turno o disfrutar de mi final feliz tras sobrevivir al ataque de una araña muy gigante y de sus hijas alien.
Dos, a lo mejor cinco y estirándolo, puede que diez en veinticuatro años. Y tal vez exagero pero creo que entendéis por dónde van los tiros y si me gusta o disgusta soñar.
Por otra parte, yo no veo películas gore. Ignoro si los fans del género carecen de sensibilidad y empatía como los de terror carecen de nervios o yo, especial donde las haya, sufro de sobresaturación de todo lo mencionado y por eso sigo viendo japoneses malditos desde El Grito y la única vez que intenté ver algo gore casi todas las féminas allí reunidas acabamos gritando y tapándonos los ojos mientras yo intentaba cerrar el Windows Media Player a ciegas y la única insensible y desnerviada de nosotras (personalmente me parece un poco inquietante que alguien pueda ver como le clavan agujas bajo las uñas a otra persona sin pestañear) nos decía, “Pero si no se ve nada. …Ah, vale, ahora sí.”
Os preguntaréis qué tiene que ver el gore con mis sueños y voilà, uno más uno, dos, ya habéis adivinado la respuesta.
No voy a pensar mucho en ello, no lo suficiente como para narrarlo todo o intentar hacerlo en orden, pero baste decir que aquello era un baño de sangre que comenzó en una prisión, continuó en un edificio y acabó convirtiéndose en mi salón. La embarazada había perdido el juicio y asesinaba a gritos, pura rabia animal, desgajando a la gente en rodajas con sus uñas, no especialmente largas pero más largas de lo necesario (que sería una fina línea blanca y prístina más o menos bien recortada) y, por tanto, aterradoras. Al rato se había convertido en una niña y ya no estaba embarazada, pero seguía matando igual, con velocidad y sangre y saliva resbalando por las comisuras de su boca.
Cuando sólo quedaba yo (unos momentos espeluznantes mientras otro tío y la menda intentábamos salvarnos de la niña a la vez, que permanecía sentada en el suelo y parecía atraernos con la fuerza de su rabia), luché por escapar a la cocina, dónde estaban mis padres. Me cogió del brazo al tiempo que intentaba cerrar la puerta del pasillo y la cámara cambió de escena mientras aún pugnaba por librarme de su agarre.
En esa siguiente escena, yo estaba en la cocina y era yo, no una niña, y estaba sacando un cuchillo del cajón de la cubertería, preparada para salvar a mis padres y para morir matándola (no me cabía duda de que ocurriría eso si me acercaba a ella y efectivamente así sucedió, cuando la historia siguió relatándose en mi cabeza después de medio despertar, como atrapada aún en sus garras). No entiendo cómo entró la niña a la cocina porque yo sólo podía ver su espalda, ni sé si era la asesina o mi versión anterior, antes de volver a ser yo. Sé que mis padres estaban ocupados en sus cosas, entretenidos y algo ausentes y que yo, que sólo la veía de espaldas, sabía lo que vería (había visto esa intención en los ojos de la asesina, mientras luchaba por soltarme).
No quería que mis padres llevaran ese susto. Pensé que nunca lo superarían. Pensé que podría destrozarles, si era yo, o que podría darles un ataque, no sé, algo. De cualquier modo lo vieron. La niña se dio la vuelta y tenía cada pata de las gafas clavada en las cuencas de los ojos, con los globos oculares desparramándose alrededor. Creo que sonreía y ya sabéis que en los sueños, más que lo efectista de la escena, lo trascendental es la emoción que hueles en el ambiente, y allí la emoción era de terror puro, de música chirriante y lunática, de histeria colectiva y animal. Casi pude oir el “chán chán CHÁN” cuando se dio la vuelta y la vimos.
Solté el cuchillo. En ese momento sentí que la niña era inocente, que no iba a hacernos daño y poco podía hacer por resolver las cosas con un cuchillo.
Más tarde, una vez despierta, ya os lo he contado: volví a identificarla y decidí matarla.
En fin (y fin), subconsciente. Que si quieres contarme, decirme, explicarme algo, utiliza el método convencional. Envíame un e-mail, un link, un SMS o un mensaje de voz. No utilices mi imaginación.
(¿Pero la peor, la peor clase de sueño? No hay monstruos ni intentos de asesinato ni películas de terror. La peor clase de sueño es tan absurdamente simple, tan inocua a los ojos de quien no sea yo, que es difícil explicar cómo me roba la tranquilidad, me deja mal sabor de boca y me obliga a no darle vueltas ni importancia con el esfuerzo que otros queman en escalar el Everest. O al menos, la mitad del Everest.)

Es el impulso de escribir esta entrada, u otra, o la de más allá, sin nada qué decir pero ganas de contar. Frustra, la picazón en los dedos que provocan las ganas de expandirte en todas las direcciones a la vez, haciendo imposible que te concentres en un camino y des más de dos pasos antes de saltar a otro. Es de suponer que este sea, también, el motivo de que me sienta más ligera (¿más cómoda?) escribiendo ficción (inventando) que escribiendoos aquí a vosotros, aunque aquí, a fin de cuentas, haya acabado. Aquí delante, por vencer en puntos las ganas de comunicarme que la ausencia de algo que comunicar.
O tal vez sea autocensura. Porque llega un momento en que te das cuenta de que, como en la foto, te apetece enseñarte pero sin mostrar nada, y así no se va a ninguna parte. Así ni siquiera se hacen buenas fotos, aunque no sea poco lo que se muestre cuando muestras que no quieres mostrar nada.
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Hoy, hace un buen rato, después de llegar del médico, me planteé grabar mi primer audiopost y subirlo aquí para compartir, con generosidad y alevosía, el catastrófico estado terminal (y doloroso para la oreja media) de mi voz. (¿Cómo puedo hacer frases tan jodidamente largas?) Lo que pasa es que ahora ya como que ha pasado el momento y aunque sigo teniendo menos habilidades cantoras que Joaquín Sabina (y muchísimas menos literarias, lamentablemente), con una voz llena de gallos y toses moribundas, provoca menos efecto que la casi total ausencia de voz de hace unas horas (como diría Phoebe, “¡he perdido mi flema sexy!” Aunque en esta ocasión ni era sexy ni era una flema, pero me entendéis.)
Con lo cual, exacto, en realidad no tengo nada que contar. Let’s go to improvise.
Closer chuli piruli. La mejor actuación la de Juan Luis García Pérez (Larry), los asientos una mierda (aunque ya lo teníamos asumido), y me quedo con el final de la película, más optimista que el de la obra.
Sigo sin fotos de la expo de Tania. La vida es así o mejor dicho, mis amigas son así. Lo único que tengo es esto, y ni es de mis grabados favoritos ni se ve bien, así que no sirve para mucho.
(Ah, y ella no es avilesina.)
Estoy leyendo Un mundo feliz, de Aldous Huxley. Voy por la página 108 y qué inocencia la mía, pensaba que después de leer La Canción de Hielo y Fuego estaba a prueba de bombas contra la sensibilidad. Ahora ya he superado los primeros disparos a bocajarro y sólo mantengo una ligera incomodidad y una enormísima curiosidad por saber, bueno, así más o menos, dónde está el argumento. Ciento ocho páginas de descripción del mundo o en este caso, de la situación del nuestro, una introducción leve a algunos de sus residentes y permanezco en busca y captura de la trama. No sé si van a cambiar el mundo, a luchar contra el sistema, a mostrarnos cómo no lo logran o a hacer algo menos grandioso y más profundo. Ni idea. Y sé que sueno mala, mala, pero en realidad me está gustando. Además, mi médico, que para explicar qué es lo que tienes no vale un pimiento pero para hablar de ordenadores, macs, Asimov y otros temas de interés es bastante majo, me ha comentado que sí hay película (también me disponía a iniciar la busca y captura) e incluso una serie. También sé que en ellas se han saltado los detalles más escabrosos de la cultura de Un mundo feliz, pero precisamente eso pensaba el otro día; no creo que en un film ni se atrevieran a insinuar lo de las relaciones sexuales entre infantes. ¿Tal vez también peco ahora de inocente? De todas formas, más información sobre libro y película cuando haya terminado con ambos.
Otra tema. He estado pensando (no mucho, así superficialmente, de la que pasaba) que ya van unos cuantos posts y en este blog seguimos sin título apto para poder gritarle desde la sala que termine de limpiar su habitación. Es una circunstancia excepcional, porque siempre encuentro por puro instinto el título adecuado que quiero ponerle a una página (es con lo único con lo que me pasa), y una prueba cristalina de la falta de objetivo con la que se creó este blog. También seguimos sin apenas lectores, pero esa parte es confortable (y si estás leyendo esto y eres consciente de que lo ignoro, ¡deja de ocultarte, maldito/a!).
¿Alguna sugerencia? Insecticidas para dragones no es válido. Soy yo, sí, pero en parte lo reservo para otra cosa, y además no pega mucho con lo aburrida que estoy siendo por aquí, ¿verdad?
Hoy estreno nueva categoría: “ofensas literarias al sentido”. En honor a Equilibrium pero sobre todo a Adhara Phoenix, más sense offender que nadie.
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Si tengo que ser sincera y es algo que me sale incluso más natural que no serlo, tengo que admitir que habría escrito una crítica sobre ella elevándola a la altura del Olimpo aunque sus obras fueran pura y simple basura. Es verdad, lo habría hecho. Síp. Lo habría hecho porque en cuestión de ética y moral, la lealtad adelanta por goleada a la objetividad artística en mi campo de prioridades. Y así de desvergonzada sinceramente lo digo. Por lo tanto es una suerte, de cara al público y también en lo que respecta a las personas a las que afecta o afectaría esta distinción, que servidora goce de un instinto natural y una buena (y a veces mala) costumbre de acabar relacionada siempre con gente de gran talento (y no añado el adjetivo por rellenar hueco).
Sobre eso podría extenderme y extenderme y acabar babeando sobre la mejor diseñadora gráfica que conozco (mucho y muy envidiablemente
, los pedazo de escritores que conozco (aunque probablemente aquí tendría que limitarme a un par de frases porque para lo que no hay descripción posible, no la hay y es tontería intentar encontrarla), o, en fin, otros casos de envidiable imaginería y más que increíble disciplina que me rodean a la vez por los cuatro costados (amigos de aquí, familia, amigos de allá y ups, me he quedado sin uno para completar la metáfora).
Pero la protagonista de hoy es Tania Rico, y, como decía, es una suerte esta manía mía de guardarme a tanto artista cerca, porque cuando llega la hora de las críticas, te sorprendes, efectivamente, elevando a tus amigos a la altura de las nubes sin faltar, además, a tu criterio. Y es que es una lástima que hoy por hoy aún no tenga en mi poder las fotos que hemos hecho (mea culpa, que me compro una Cámaraosea (copyright de Aldery) y me la dejo en casa y a esperar a que se acuerden de enviarme las de los demás), porque había grabados estéticamente preciosos (que ya conocía, al menos casi todos), y otras obras de técnica mixta que no sólo eran atractivos por su aspecto sino también por sus emociones y significados. Para que os hagáis una idea, en cierto momento estaba abrazándola cual lapa en frente de uno de los grabados, diciéndole “qué fuerte (porque yo soy muy culta a la hora de expresarme, qué os creéis), qué súper fuerte (¿véis?) que hayas hecho todo esto. ¡Es como arte de verdad!”
Fotos pronto, si pronto las tengo.
También queda desvelado un misterio: la “crítica” del post anterior era para el periódico de la Casa Municipal de Cultura de Avilés, donde aparecía bien acompañado con algunas fotografías de los grabados de la susodicha Tania Rico, una introducción a su obra y milagros y otro par de críticas de unas más que ilustres personas (y aquí guiño un ojo y tiro un beso). En el periódico también se hablaba, entre otras muchas cosas, de las dos obras de teatro que voy a ir a ver este invierno en esa misma ciudad, Closer y Cyrano de Bergerac.
Aún para mí es un misterio por qué voy a ver al teatro una historia que ya he visto en formato cine y que, aunque objetivamente pudiera considerar buena, quedó lejos de parecerme agradable, pero ahí que vamos. Entre el reparto tenemos a Belén Rueda y José L. García Pérez, que, (para qué ocultar nuestra incultura general) son los únicos que me son más o menos familiares. Es mañana mismo, así supongo, si hay ganas, que pronto seguiremos informando.
Le decía a Ferluche (de Fernando y de peluche, aunque la fusión no es cosa mía), que no es poco chistoso ver en su flamante nuevo blog un titular que reza “Lecturas diarias” y, unas cuantas líneas por debajo, un enlace a este blog. Chistoso como poco. Su respuesta tuvo algo de reto y de empujón, y aunque los retos no me van mucho, a ver qué podemos sacar del empujón.
Mañana se estrena en Avilés una exposición dedicada a los grabados de Tania Rico, una de mis más íntimas amigas. Una de esas que entran en la categoría no sólo de “gente con la que me iría de vacaciones” sino, incluso más importante, también en la de “gente que no me importa o incluso me gusta que ande cerca cuando no me hace especial ilusión no estar sola en el universo”. De esa clase.
Para la exposición, o su folleto, o algo relacionado, necesitaba un par de críticas/comentarios/artículos/como sea sobre ella, sobre su obra o sobre Nunca Jamás. Así fue como nos lo explicó. Y aquí se avecina el rollo. Disculpad el merecido peloteo:
Sonará a chiste malo o historia trillada decir que todo comenzo en una tarde oscura y tormentosa, pero en honor a la sinceridad y para acompañar el ambiente que envuelve las obras de esta exposición, debo decir que así fue. La primera vez que vi algunos de los grabados más destacables de Tania Rico, éramos los únicos que quedaban en el bar, la lluvia repiqueteaba contra los cristales oscurecidos de los ventanales y la luz vaga y difusa de las lámparas colgantes iluminaba a duras penas los restos de cerveza de las jarras de los allí presentes. Tania llegaba tarde (obviamente), y cargaba con una carpeta gigante, de esas de alumno de artes, y también con un rictus cansado en los labios. Mientras nos contaba sus penas y sus glorias, robamos su carpeta y la abrimos, como siempre, sin permiso y sin vergüenza, y allí, en primer plano, estaban algunos de sus mejores grabados. Fue a través de ellos, y de sus explicaciones exaltadas, llenas de vívidas descripciones (olvidó rápidamente sus penas y decidió dejar las glorias para más tarde), lo que nos salvó de la tormenta esa tarde de jueves de final de trimestre, como quien abre un agujero negro en el espacio-tiempo entre las mesas de madera deslustrada del bar habitual, con destino guiado al país de las historias y las oscuras maravillas.
Desde entonces, “érase una vez” son, sin duda, las tres primeras palabras que me vienen a la mente a la hora de juzgar o comentar la obra de Tania Rico. Influenciada de forma evidente por la cultura siempre marginal de la fantasía y el terror, es el suyo un estilo que hereda la atmósfera sombría e irreal, a ratos ingenua, de los cuentos originales de primera línea, de esas historias llenas de oscuridad y finales aparentemente felices que la cultura actual se ha esforzado por deformar y desvirtuar en pro de unas versiones descafeinadas y políticamente correctas a las que se les ha arrancado el alma. Y es que alma, es, precisamente, lo que a ojos vista poseen todas las obras de Tania Rico.
Artista es un término que en zonas aisladas de la cultura actual se entiende con admiración y cierta deferencia, y que en otros, tal vez por menos elitistas o más envidiosos, se vuelve marginal y digno de desdén. En cualquier caso, no se puede negar que, se mire por donde se mire, la joven Tania Rico es, por definición y de espíritu, toda una artista.



